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Día de Hispanoamérica

Reflexión pastoral

La celebración del Día de Hispanoamérica el próximo 6 de marzo nos brinda la oportunidad de recordar la gran labor misionera que han realizado –y siguen realizando– sacerdotes diocesanos españoles que han partido para América Latina para colaborar con aquellas Iglesias más necesitadas. Así lo reconocía Juan Pablo II en el Mensaje que envió a la OCSHA con motivo de sus bodas de oro: «En esta significativa conmemoración, deseo unirme a la acción de gracias al Señor por los más de dos mil sacerdotes de las diócesis españolas que han dedicado buena parte de su vida a colaborar con otras Iglesias hermanas, movidos ante todo por la fuerza de su fe en Cristo, cuya novedad y riqueza no pueden esconder ni conservar para sí (cf. RM, 11), así como por el aliento y la solicitud pastoral de sus obispos, conscientes de su responsabilidad común respecto a la Iglesia universal (cf. LG, 23; OT, 10)».

A esta hermosa realidad que, gracias a Dios, continúa al servicio de la cooperación entre las Iglesias, se ha unido la gozosa llegada de sacerdotes procedentes del continente americano. Circunstancia que en ocasiones pudiera ser interpretada como el fin de un ciclo y el inicio de otro. Ahora toca que vengan de allá, ante el descenso de vocaciones sacerdotales en nuestro país. Sin embargo, este planteamiento e interpretación de cuanto sucede tiene más de reflexión sociológica que teológica.

1. Fundamentación teológica

Esta cooperación sacerdotal entre las Iglesias no debe considerarse como un problema o preocupación sino como una gracia y un don que expresa la universalidad de la Iglesia y del sacramento del orden. El sacerdote forma parte del presbiterio de la Iglesia universal, antes que de la Iglesia local. Su ordenación es al servicio de la Iglesia universal.

a) Sacerdotes Fidei Donum Juan Pablo II señaló que la mayor novedad de la Encíclica Fidei donum se encontraba en «haber superado la dimensión territorial del servicio presbiteral para ponerlo a disposición de la Iglesia entera» (mensaje DOMUND 1982). Pío XII, en efecto, confirmaba las experiencias entonces en curso, y animaba a los obispos al envío temporal en misión de sacerdotes diocesanos. Este hecho preparaba, de una parte, la enseñanza del Concilio sobre la adecuada distribución de los presbíteros según las necesidades de la Iglesia, un deseo que ha sido posibilitado por la legislación postconciliar sobre la incardinación. Pero, sobre todo, la encíclica abría decididamente el horizonte misional al clero secular y, en general, incoaba germinalmente una fuerte conciencia de la universalidad de la Iglesia. El Concilio Vaticano II desarrollará esos aspectos esenciales para la actividad misionera en los Decretos Christus Dominus, 6; Presbyterorum Ordinis, 10 y Ad Gentes, 38. El magisterio postconciliar situará la dimensión universal del ministerio presbiteral en el interior de una comprensión de la comunión de las Iglesias particulares y de su cooperación a la misión, desarrollando esa acrecentada conciencia de que la cooperación entre las Iglesias es fruto de la responsabilidad de todo el Pueblo de Dios y de la catolicidad del Cuerpo místico, que es también el universal Cuerpo de las Iglesias. Es una manifestación exacta de la naturaleza misionera del entero Pueblo de Dios.

La cooperación entre las Iglesias por medio de los sacerdotes Fidei Donum ya no queda reservada a la cooperación de manera exclusiva a una Asociación o de un Instituto, sino que es algo que emana de la entraña de la Iglesia particular, que asume protagonismo en la animación y cooperación evangelizadoras. Así se puede entender la necesidad de una Comisión Episcopal que atienda la Cooperación entre las Iglesias, con sus correspondientes secretariados o delegaciones diocesanas. Este protagonismo de la Iglesia particular significará, no obstante, el respeto a la peculiaridad de todas las vocaciones laicales, religiosas y sacerdotales.

b) «Solicitud por todas las Iglesias»

Todo el misterio de la Iglesia está contenido en cada Iglesia particular, con tal de que esta –advierte Juan Pablo II– no se aísle, sino que permanezca en comunión con la Iglesia universal y, a su vez, se haga misionera. Una eclesiología que otorga todo su valor a las Iglesias locales mantiene vigente –no puede ser de otro modo– esta vocación universalista de la Iglesia. Cada Iglesia forma parte intrínseca de las demás, y la «solicitud por todas las Iglesias» es connatural a cada Iglesia particular. La cooperación no es una mera obligación extrínseca, sino la expresión de un dinamismo interno que conduce a la Iglesia particular a promover toda la actividad que es común a la Iglesia universal. No existen, por tanto, Iglesias ricas e Iglesias pobres, pues todas están necesitadas de los dones de las otras, y todas se enriquecen con el dar y el recibir recíprocos. «La pobreza de una Iglesia que recibe ayuda –dice Juan Pablo II– enriquece a la Iglesia que se priva al ayudar» (RM, 85). Sean Iglesias de antigua cristiandad, sean Iglesias jóvenes, todas han de cultivar el dar y el recibir para la misión, incluso desde la escasez y la pobreza.

Las mismas Iglesias jóvenes y las que se encuentran su situación precaria no pueden olvidar esta responsabilidad universal; es más, la aportación a otras Iglesias será una pista segura de crecimiento y de implantación de la Iglesia (cf. RM, 62 . 91; AG, 6 .20). La Encíclica Redemptoris Missio (n.64) alude al ejemplo de América Latina, y cita el texto de la IIIª Conferencia Episcopal Latinoamericana reunida en Puebla (1979) (cf. Puebla 368). También el Documento de Santo Domingo insiste en esta responsabilidad por parte de cada Iglesia particular: cap. I, n. 125. «Como la Iglesia particular debe representar lo mejor que pueda a la Iglesia universal, conozca muy bien que ha sido enviada también a aquellos que no creen en Cristo y que viven en el mismo territorio, para servirles de orientación hacia Cristo con el testimonio de la vida de cada uno de los fieles y de toda la comunidad» (AG, 20; CIC, c. 781; RM, 64).

c) La riqueza de la cooperación sacerdotal La cooperación comporta vínculos de íntima comunicación de riquezas espirituales, operarios apostólicos y ayudas materiales como respuesta a la gratuidad recibida de Dios: «El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pe 4, 10).

El presbítero que marcha a otra Iglesia local enriquece, además, a la Iglesia particular de origen. Una Iglesia particular que no tiene hombres y mujeres enviados en misión a otras Iglesias vive empobrecida en su ser de Iglesia. Por este motivo, el presbítero Fidei Donum es memoria permanente de que toda la Iglesia, todas las Iglesias, y todos en las Iglesias, sacerdotes y fieles, se hallan en «estado de misión», consagrados y enviados como Cristo mismo a anunciar el Evangelio y ofrecer a la humanidad los dones recibidos del Señor.

Bien viene recordar las palabras de Benedicto XVI en Sacramentum caritatis: «en nombre de la Iglesia entera, –dice el Papa– expreso un agradecimiento especial a los presbíteros Fidei Donum, que con competencia y generosa dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la misión de la Iglesia, edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida; hay que dar gracias a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que significa ser sacerdote hasta el fondo» (n. 26).

2. Necesidad de preparación y formación

Ordinariamente, los sacerdotes que llegan a España para colaborar en la pastoral no han recibido una adecuada preparación específica, a no ser aquellos que han tenido que estudiar la lengua o han pasado de su condición de estudiantes a la de servir como pastores. Poco a poco se han ido incorporando a la pastoral en sintonía con otros sacerdotes y, sobre todo, con los de su país. Este hecho, por otra parte lógico, genera no pocas limitaciones. Parece muy conveniente establecer un programa de formación antes de que estos sacerdotes se incorporen a la pastoral ordinaria o específica, de forma que les garantice una preparación suficiente.

El Concilio Vaticano II ya dejó trazadas algunas orientaciones o líneas de actuación sobre la necesidad de la preparación cultural y social: «Es también muy conveniente que todos los que se dirigen a una nueva nación procuren conocer cabalmente no solo la lengua de aquel lugar sino también la índole psicológica y social características de aquel pueblo al que quieren servir humildemente, comunicando con él cuanto mejor puedan, de forma que imiten el ejemplo del apóstol Pablo, que pudo decir de sí mismo: “pues siendo del todo libre, me hice siervo de todos, para ganarlos a todos. Y me hago judío con los judíos, para ganar a los judíos” (1 Co 9, 19-20)» (PO, 10).

Además, los sacerdotes que llegan de fuera, además de la formación doctrinal y pastoral que han recibido en su país de origen, sería bueno que actualizaran esta formación a su llegada al nuevo destino. En concreto, el Decreto Ad Gentes recuerda: «Pero esta diversa formación ha de completarse en la región en que serán enviados, de suerte que los misioneros conozcan amplísimamente la historia, las estructuras sociales y las costumbres de los pueblos, estén bien enterados del orden moral, de los preceptos religiosos y de su mentalidad acerca de Dios, del mundo y del hombre, conforme a sus sagradas tradiciones. (…) Han de ser iniciados, como es debido, en las necesidades pastorales características de cada pueblo» (AG, 26).

De hecho, los sacerdotes españoles que, a lo largo de todos estos años han partido para la misión y, en concreto para América Latina, recibieron una preparación específica antes de salir de España; y cuando llegaron al país de destino, antes de comenzar el trabajo pastoral, dedicaban un tiempo a conocer la realidad del país, a estudiar su historia, a entrar en contacto con la cultura y las costumbres de aquel lugar y a introducirse en el camino pastoral de aquella Iglesia.

3. Criterios orientativos para la cooperación sacerdotal

a) Los sacerdotes españoles en América Latina Sirvan de ejemplo los criterios aprobados por la Conferencia de Metropolitanos, en noviembre de 1953, para orientar la preparación de los sacerdotes españoles que partían en aquellos años para América Latina, además de crear una Comisión Episcopal con el encargo de acompañarles:

  1. Garantizar que los sacerdotes vayan no donde les gusta, según referencias siempre inexactas, sino donde conviene más que vayan. Los órganos rectores de la Comisión Episcopal poseen unos conocimientos más rigurosos de la situación de los distintos países y están en comunicación continua con la jerarquía y con los sacerdotes que ya trabajan allí. Todos estos elementos garantizan una decisión más conforme a las necesidades y conveniencias de la Iglesia que la decisión individual.
  2. Preocuparse de la preparación inmediata y de la necesaria puesta a punto de los sacerdotes para evitar muchos tropiezos iniciales, a veces, de gran trascendencia.
  3. Asegurar que el sacerdote miembro de la OCSHA va a encontrar, cuando llegue, compañeros que le reciban y le faciliten en América, desde los más elementales medios materiales hasta la información necesaria sobre el terreno, las presentaciones a personas que deben ser conocidas, alojamiento, escalas en el camino, etc.
  4. Firmar un contrato con el obispo que recibe a los sacerdotes en el que se procuran asegurar todos los puntos en que pudiera presentarse alguna dificultad, y constan, con toda claridad, las obligaciones de ambas partes.
  5. Poner los medios para que los sacerdotes seculares nunca estén sometidos a un aislamiento que allí pudiera tener consecuencias funestas. Nunca un sacerdote será enviado para estar solo; irá siquiera con otro, y el prelado que los recibe se obliga a mantenerlos en puestos que les permitan vivir juntos, o al menos visitarse constantemente, por estar situados en lugares contiguos.
  6. Mantener con todos sus sacerdotes un contacto continuo, de modo que en cualquier situación de emergencia se sientan respaldados con toda eficacia.
  7. Tener la seguridad de que los sacerdotes seculares que llegan no sean para la jerarquía americana unos desconocidos que han de probar para examinar su calidad y sus resultados: la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana ha logrado un prestigio indiscutible ante aquellos prelados. De hecho muchos obispos de América Latina piden previamente informes a la Comisión Episcopal de Misiones antes de entablar correspondencia con algún sacerdote español que se les ofrece personalmente.
  8. Los sacerdotes de la OCSHA no van a América rompiendo para siempre su ligazón con la diócesis de origen a la que algunos regresarán. Esta Institución cuidará mucho este extremo hasta el punto de que los reglamentos previenen que los años prestados de servicio en América no deberán considerarse perdidos para la propia diócesis sino como empleados en prestar una ayuda a la Iglesia que urgentemente necesita.

b) Los sacerdotes americanos en España Sea cual fuere la decisión que se adopte para la formación y acogida de estos sacerdotes en la Conferencia Episcopal o en cada diócesis, parece muy conveniente establecer unas pautas orientadores sobre estos asuntos:

  1. Conocimiento de la diócesis de origen para valorar si realmente es una cooperación evangelizadora u otra cosa.
  2. Preparación remota (personal y sacerdotal) antes de salir de su diócesis.
  3. Acogida en España para informarle del funcionamiento de la pastoral en las diócesis y clarificar su situación legal, de manera que su estancia en España sea conforme a Derecho.
  4. Participación en algún curso de formación específico como preparación inmediata a la tarea que se le va a encomendar.
  5. Seguimiento por parte de algún organismo supradiocasano hasta su plena integración en la diócesis de destino. Sea como fuere la praxis orientadora de esta cooperación, la celebración del Día de Hispanoamérica es una buena oportunidad para descubrir cómo el Espíritu Santo hace posible la comunión eclesial; nosotros hemos de saborear esta riqueza insondable descubriendo el rostro de la Iglesia en la gozosa intercomunicación de bienes.
 
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